Voy a ser padre

La identidad del padre comienza a formarse desde el momento en que se desea tener un hijo. ¿Por qué deseamos tener hijos, con el sacrificio y compromiso que ello supone? Un hijo cambia la vida y, sobre todo, el foco de atención de las personas. A pesar de ello, nos llena de satisfacciones.

Al igual que decimos que la cuna psicológica del niño o niña empieza mucho antes de su nacimiento, con las fantasías y deseos de los padres, la identidad paterna se empieza a formar mucho antes de que nazca el hijo, por lo menos desde el mismo momento en que existe el deseo de tenerlo.
Durante el embarazo de su pareja, el padre se siente responsable de cuanto le ocurre a su mujer, de las náuseas, de la fatiga…, y se plantea continuamente tanto su capacidad como padre como el apoyo que presta a la futura mamá, lo que le ayuda a prepararse para su nueva identidad.

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Este compromiso del padre con el embarazo y el parto le hace sentirse menos excluido del tándem madre-hijo y refuerza su propia identidad. Al intervenir en los planes relativos al hijo, se establece una competencia entre los futuros progenitores, necesaria para favorecer el apego con el hijo o hija que esperan y que se convierte en una forma de estrechar el vínculo entre ambos.

Con un hijo se cumplen también dos deseos universales: el deseo narcisista de ser completo y omnipotente al engendrar un hijo e identificarse con él, y el de reproducir la propia imagen de uno. De ahí que los varones tiendan, en general, a preferir tener un hijo varón y lo vivan como reforzamiento y confirmación de su identidad masculina.

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