Violencia

Se suele pensar la violencia como un hecho disruptivo, impactante por su crueldad, virulencia y su manifestación física. Sin embargo, existen otras formas veladas, cotidianas y con un cierto grado de inmanencia social que las hacen pasar desapercibidas y llevan a reproducirlas. Una de ellas, la que tiene que ver con los discapacitados mentales y las instituciones, se basa en prácticas (incluida la medicación) que tienden a petrificar el lugar de la diversidad, a eternizarlo, señalándolo como una falta, un menos, que necesita de medicación, lugares especiales y procedimientos que excluyen y discriminan.
 
Se hace necesario replantear el funcionamiento institucional dedicado a la discapacidad desde un punto de vista ético para no eternizar esta situación que no aporta mejor calidad de vida a los diferentes.
 
Las representaciones sociales acerca de lo que la discapacidad encarna hasta las actitudes de rechazo, indiferencia o abandono que puede suscitar en su entorno familiar y social, comparten sin embargo un elemento en común, como lo es la adhesión a un enfoque sobre la violencia que la concibe en términos de exabrupto, ruptura, desborde, discontinuidad en el lazo social.
 
 Como correlato, el papel a desempeñar desde la ciencia y las instituciones queda delineado en términos de un hacer y un pensar orientados hacia una resolución, entendida esta última en términos de sutura, de relleno de aquello que se presenta como fractura en el vínculo social.

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