Pues mi madre me deja

Educar a contracorriente es siempre difícil. Desde siempre he tratado de permitir a mis hijos desarrollar sus aficiones en la medida que su edad lo permitía, olvidándome de las costumbres o de lo que comúnmente se hace y fijándome más en el carácter o las habilidades de cada uno de ellos.

Un pequeño ejemplo es el de mi hijo pequeño, que desde siempre ha sido muy bueno subiendose a los sitios, trepando y escalando. En lugar de regañarle y obligarle a que se baje o incluso impedirle que se suba a los pretiles o a los árboles, le he animado a que lo haga cuando la altura no es tan grande como para que se haga una avería y poniéndome yo debajo, por si acaso. Él siempre pide permiso antes de subirse a una altura, pero el caso es que le encanta escalar y el haberle permitido hacerlo ha potenciado su habilidad y es muy bueno.

Por lo general, cuando se sube a cualquier altura, siempre hay alguien que le dice “Baja de ahí, que te vas a caer”. El niño suele contestar “Mi madre me deja” y la gente se queda sorprendida. Algunos pensarán que soy una mala madre o una inconsciente, pero yo creo que limitar a los niños sólo porque es la costumbre no tiene sentido. Hay que valorar el verdadero riesgo y hacer el esfuerzo de permanecer cerca para garantizar su seguridad, pero sin coartarles.

Lo mismo ocurre con el mayor, que le encanta la música y toca la batería con cualquier cosa que encuentra. Lo habitual sería decirle “No hagas ruído”, pero yo valoro si realmente hay alguien cerca de quien pueda molestar y si sólo somos nosotros, aguantamos el jaleo un rato prudencial para que él desarrolle sus capacidades musicales.

Esto no quiere decir que les consienta todo. Es más, soy bastante rígida en cuanto a la disciplina, pero mis criterios no son los mismos que los de la mayoría y esto es porque muchas veces marcamos las normas siguiendo lo que siempre se ha hecho, sin valorar las circunstancias puntuales.

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