Pequeños genios

 

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Muchas veces soñamos con que nuestros hijos sean unos verdaderos genios desde pequeños, que deslumbren a los demás con sus conocimientos y talentos. Pero a veces los dones extra de los niños llamados “superdotados” vienen cargados con una dosis de angustia, irritabilidad y dificultad para relacionarse.

Dante, de 2 años y 10 meses, es el hijo de una amiga. Ya me había comentado lo adelantado que estaba el niño, lee, escribe, suma, resta, deletrea, memoriza las placas de los autos y hasta maneja algo de inglés, la verdad es que quede sorprendida al escucharlo. Hace un mes vinieron a casa y Dante se presentó como el chico cariñoso que siempre ha sido. De inmediato le pasamos algunos juguetes para que se entretuviese, algunas figuras de armar y él por su propia cuenta tomó un juego de Scrabble (El que tiene fichas con letras para armar palabras.) De inmediato hizo un abecedario perfecto. Todos quedamos helados, este chico de verdad impresiona.

Nico, mi vecino de 2 años, salió a jugar con él. Allí fue cuando noté la diferencia. Dante armaba figuras y para él eran un cuadrado y un triangulo, mientras que para Nico significaban una casa y una nube o un perro (guau guau como él los llama). A pesar de toda su genialidad, Dante perdía la escénica de la infancia, la posibilidad de imaginar. Para él todo era lógico, para Nico todo era susceptible a interpretación.

Luego los dos se acercaron al coche de la madre de Nico. Dante leyó las letras de la placa de registro correctamente, Nico imitó la forma en que su amiguito las leía y finalmente y con mucha seguridad dio su veredicto. Para él la placa decía: Mamá. Ante ello Dante se enfureció y lo golpeo bajo el argumento que no leyó correctamente. El error lo frustraba. Todo pasaba por la mente, no por el corazón, siempre iba a ganar la razón.

Sentí lástima por Dante y por todo lo que se estaba perdiendo y me di cuenta que más que hijos híper inteligentes y talentosos, lo único que deseo son niños que disfruten su infancia a pleno.

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