No educamos igual a todos los hijos

Estando en una reunión con amigos, todos con hijos, una de las mujeres tenía en brazos a un bebé que era de otra pareja y la niñita se puso a llorar. Mientras la mujer le consolaba, su padre y su madre seguían a lo suyo y alguien les dijo: “Cómo se nota que es la segunda”. Y es cierto, para bien y para mal no educamos igual a todos los hijos.

En la mayoría de los casos con el primogénito los padres están más encima, le observan cada movimiento, le atienden cada demanda y se esfuerzan por ser los padres perfectos. Los padres primerizos tienen mucha teoría y nada de práctica, lo que hace que en ocasiones apliquen las reglas de educación con demasiada rigidez, como si fueran instrucciones exactas.

Cuando llega el segundo, los padres están más relajados, confían más en sí mismos y, además, tienen que repartir su tiempo entre dos, por lo tanto, las atenciones disminuyen. Esto deriva en mayor libertad para el segundo, que a veces se tiene que arreglar como puede, algo que jamás le ocurrió al mayor. El mayor tenía a sus padres al lado en cuanto hacía un ruidito; el segundo llora y llora hasta que le atienden. El mayor comía y dormía respetando los horarios con puntualidad inglesa; el segundo come y duerme cuando pueden alimentarle y acostarle. El primero no comía apenas chuches, el segundo come hasta chicle. Los primeros son los hijos de manual y los segundos son supervivientes.

Yo creo que deberíamos encontrar un equilibrio que garantice la atención precisa a cada hijo o hija, sin agobiarles como a los primeros, pero siendo estrictos con ellos como cuando aún manteníamos todas las energías para serlo. Por lo general vamos perdiendo las ganas de “luchar” con cada hijo. El tercero si no quiere ir a las clases de inglés, que no vaya, ya pelee con los otros dos.

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