La dictadura de la lactancia materna

La lactancia viene siendo, desde hace mucho, tema de debate. Cuando muchas de nosotras nacimos se puso de moda la lactancia artificial y los médicos hablaban de los beneficios de las leches que se comercializaban. La incorporación de la mujer al mercado laboral y los intereses económicos trajeron por tanto el boom del biberón.

En los 90 la lactancia materna recuperó protagonismo y los beneficios de esta leche y del contacto entre madre e hijo no son ya objeto de discusión. Los gobiernos promueven la lactancia natural y nada más dar a luz, e incluso en la preparación al parto, las mujeres reciben instrucciones sobre cómo amamantar por parte del personal sanitario.

El problema viene, como siempre, de los extremos. En los casos en los que el dar pecho supone un sufrimiento para la madre por diversas razones (psicológicas, dolores, imposibilidad…), tomar la decisión de pasar a la lactancia artificial requiere mucha fuerza ya que los mensajes contrarios son abrumadores. Así, nos encontramos con mujeres que viven una angustia porque no consiguen amamantar a sus hijos y se resisten a darles el biberón, como si se tratara de dar veneno al bebé.

Particularmente soy partidaria de la lactancia materna, a poder ser de forma exclusiva, durante todo el tiempo que se pueda y he alimentado a mis hijos tan sólo con mi leche durante más de 6 meses. Pero también he visto cómo mujeres que no han podido dar el pecho a sus hijos son recriminadas como si estuvieran cometiendo pecado. Cuando dar pecho se convierte en una situación angustiosa, creo que no merece la pena seguir y no hay porqué hacer sentirse culpable a quien toma esta decisión. Cada una hace lo que puede y hay que tratar de ser más tolerantes.

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