Humanizar los partos

Cuando me quedé embarazada enseguida empecé a investigar sobre partos, en qué ambiente se desarrollaban, cómo participaba la madre, etc. Por lo que pude saber, en todo el Estado el parto estaba muy medicalizado y el papel de la madre era bastante restringido. Las matronas o los ginecólogos dirigían la situación sin dar siquiera explicaciones de lo que ocurría en cada momento. Más bien se asemejaba a una enfermedad. Supe que las mujeres parían en cuclillas hasta hace bien poco, pero cuando los médicos empezaron a asistir a las parturientas, se puso de moda el parto tumbada, seguramente porque a ellos les resultaba más cómodo. El hecho de acudir a un hospital, que te den instrucciones y no poder ser partícipe de un acto tan íntimo, junto con la sensación de que todo –desde la postura hasta el lugar- resultaba muy artificial, me hicieron pensar en un parto más natural.

Desgraciadamente, aquí, a diferencia de otros países europeos, el parto natural está poco extendido. En algunos lugares disponen incluso de ambulancias preparadas por si surgieran complicaciones. En Barcelona hay un movimiento por el parto natural en el que participan matronas y ginecologos/as que te asisten en casa, pero donde yo vivo apenas hay un embrión de asociación. De manera que, viendo las dificultades, decidí dar a luz en el hospital. Pero tenía claro que por algunas cosas no iba a pasar.

La noche que acudí a parir aún tenía la intención de hacerlo sin epidural, pero la verdad es que no fui capaz. Cuando la anestesista me dijo “Decídete, o ahora o ya no estarás a tiempo” le pedí que me la pusiera. No aguantaba más el dolor y no me arrepiento. Una vez en la sala de partos y gracias al estupendo equipo que me ayudó, pude ser partícipe de mi parto y disfrutarlo. En primer lugar les pedí que me recostarán en la camilla hasta estar casi sentada. Después empecé a empujar y les pedí que no me hicieran episotomía, de manera que la matrona se esforzó y me ayudó a dilatar hasta que el niño pudo pasar. Una de las enfermeras salió al baño y trajo el espejo para que yo pudiera ver como nacía el bebé. Tras sacar la cabecita, mi marido pidió ayudarle a sacar el cuerpecito y así lo hizo. Y entre risas y buen ambiente nuestro hijo nació sin llorar ni un poquito.

Nada más salir le puse al pecho, antes incluso de que lo limpiaran, y después lo asearon en una mesa junto a nosotros. En ningún momento lo perdimos de vista, ya que le hicieron todas las pruebas delante de nosotros. Recuerdo el nacimiento de mi hijo como algo muy especial y muy “nuestro”.

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