El tratamiento de las displasias de cadera en bebés

La displasia de caderas es una de las malformaciones más comunes en bebés, afectando alrededor del 1% de los pequeños, principalmente de sexo femenino. Se trata de una afección reversible en la gran mayoría de los casos y el tratamiento depende de la gravedad del caso.

Tal como su nombre lo indica, la displasia de caderas ocurre cuando la cabeza del fémur no puede encajar correctamente dentro de la pelvis, por lo que se desplaza. Una cadera sana permite que el fémur se flexione en 90°. Si es que ello no se logra, hablamos de una displasia que varía en gravedad según sea la saliente que experimenta el hueso fuera de su orbita.

Según la graduación del defecto, los médicos optan por diferentes tratamientos, los que pueden ir desde la utilización de un arnés, cojines para mantener la posición de las piernas, la aplicación de un yeso o en los casos más grave una cirugía que corrija la anormalidad. Todos los tratamientos son acompañados de una terapia kinesiológica.

Hoy en día, el equipo ortopédico más utilizado es el arnés de Pavlik, con una efectividad del 98%arnes en los casos leves y medios y un 85% en los más complicados donde existe una dislocación completa. El arnés debe ir siendo ajustado constantemente a medida que se reduce la displasia y el niño crece.

Si al llegar al año edad, momento en que la mayoría de los pequeños empiezan a intentar sus primeros pasos, el problema no se ha resuelto por completo, muchos ortopedistas infantiles prefieren que los pacientes pasen a utilizar una férula nocturna en vez del arnés, para permitir el desarrollo normal del caminar.

Muchos doctores prefieren intentar una reducción de la dislocación que significa la displasia de caderas, de forma manual, lo que se hace con el niño anestesiado, y, a través de técnicas especiales, se intenta llevar a los huesos a su posición normal. Ello no quita que los pequeños no deban usar un equipamiento ortopédico dentro de tratamiento, pero puede acortarlo, y aumentar las posibilidades de éxito.

La reducción siempre será más sencilla a medida que el defecto se diagnostique a tiempo. En casos de displasia severa, el problema es detectable a simple vista, pero en la mayoría de los casos se hace a través de una radiografía de rutina a los tres meses de edad.

En más del 95% de los niños, la displasia que sufrieron aún siendo bebés, no pasará de ser un mal recuerdo para los padres, pudiendo crecer y realizar las mismas actividades físicas que un chico que no la haya sufrido.

Imagen: Schneider Childrens Hospital

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