Educar en el optimismo

El optimismo se construye día a día, no se nace con él. Requiere de una capacidad intelectual que permita aprender a dominar pensamientos de desaliento, fracaso  y tristeza; y  una voluntad que  ayude a enfrentar las dificultades y  los momentos más empinados de alcanzar o los abismos que parecen aniquilarnos.

El optimismo es una virtud que hay que cultivar con tenacidad frente a varios peligros como el falso realismo o el derrotismo, que es la valoración exagerada y poco esperanzada de los fallos propios o ajenos, que llega a la conclusión de que "no hay nada que hacer, y si lo hacemos, saldrá mal".

Confiar razonablemente supone conocer las cualidades y capacidades propias y las cualidades y posibilidades de los demás.
La intensidad de vivir con optimismo depende de la capacidad de la persona de distinguir lo que es positivo en situaciones difíciles. Cuando la persona no puede seguir confiando en si misma, forzosamente tiene que buscar ayuda para seguir siendo optimista o dejar de serlo.

En la adolescencia si el hijo o hija se ha acostumbrado a desconfiar, eso hará difícil la posibilidad de mejorar. De todas maneras si el o la adolescente se siente querido tiene una motivación inicial para comenzar a desarrollar esta virtud. El adolescente que de momento es pesimista puede comenzar un camino nuevo hacia el optimismo en cualquier momento si nota que alguien le quiere o que alguien necesita de su amor.

Cuando se entra al pesimismo es importante identificar la dificultad real en la situación a resolver o la dificultad interna de la persona para enfocar la situación adecuadamente.

Deja un comentario