Ayudar a formar personas

No cabe duda de que es una gran responsabilidad criar un hijo. Cuando nace es más evidente lo indefenso que es y la necesidad que tienen de que les vistamos, alimentemos, etc. Pero cuando van creciendo siguen dependiendo de nosotros para muchas cosas. Está en nuestras manos buena parte de su desarrollo, puesto que es nuestra influencia la más importante en los primeros años de vida, cuando se forja la personalidad.

A veces me resulta incómoda la falta de intimidad que tienen los niños. Cuando veía a mi hijo descubrir su genitales, me lo imaginaba como adolescente con esos pudores y vergüenzas propios de la edad y pensaba en que yo era testigo de sus descubrimientos en ese terreno.

A la hora de desarrollar su forma de ser, me doy cuenta de cómo repite cosas que nos ha visto hacer o decir a su padre o a mí. Parece que no ven o que no oyen, que están a lo suyo, jugando, y no se dan cuenta de lo que hablamos. Pero en realidad son como esponjas que “chupan” toda la información que les llega, sobre todo de su entorno más cercano.

Hubo un momento en el que tuvimos que empezar a hablar de ciertos temas cuando no estaban los niños. Mi marido dejó de fumar cuando el pequeño empezó a pedir fuego para encender un palito que se metía en la boca. Y así con todo. Según vayan creciendo se ampliará su espacio y tomarán otras referencias: la televisión, los amigos, sus ídolos…pero lo que aprendieron de los padres cuando eran pequeños, para bien o para mal, está ahí.

Es una responsabilidad enorme, pero también una oportunidad para que ellos sean mejores personas de lo que nosotros fuimos y que nos puede ayudar a motivarnos para mejorar como personas ya que somos el ejemplo para ellos.

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