Aprendizaje a través de juegos simples

 

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Ayer fue el cumpleaños de mi vecino Nicolás. Cumplía dos años. La mayoría de los regalos eran juguetes bastante modernos, con luces, ruidos, se movían solos, hasta una pequeña computadora. Yo opte por regalarle un juego que en mi país se llama “Mono Porfiado”. Es un cilindro de plástico inflable, con una base rellena de arena que la hace más pesada y lo mantiene de pie. Mide alrededor de un metro, es blando, cosa que el niño no se haga daño. La gracia que tiene es que al empujarlo se va hacia atrás pero vuelve a levantarse.

Nico al principio se mostró extrañado ante el nuevo juguete con una tierna imagen de un canguro. Al ver como su padre y yo lo empujábamos decidió probar. Al ver que volvía a levantarse lo notamos muy extrañado. En sus escasos dos años de vida, había aprendido que cuando empujas algo al suelo se queda allí. Un desafío a su racionalidad infantil.

Durante casi 10 minutos probó distintas formas de que el juguete se quedara en el suelo. Empujarlo más fuerte, desde distintas posiciones, llevarlo hasta más atrás. Lo que notamos es que Nicolás siempre estaba pensando, llevando un poco más allá lo que ya daba por hecho. Finalmente y como última medida saltó, al estilo de jugador de rugby sobre el juguete inflable, a ver si con su peso se quedaba inmóvil. Otro descubrimiento interesante A veces las cosas no funcionan según esperamos.

Finalmente el “Mono porfiado” se transformó en el juego estrella, dejando de lado todos aquellos costosos y muy tecnológicos juegos del siglo XXI. Nico, pudo disfrutar, al igual que yo en mi infancia, del aprender a través de un juego simple y divertido. Hoy le he visto en el jardín seguir jugando con él. Ahora lo mueve hacia los lados, lo esquiva. Eso sí, en unos años más, tendré que volver a enseñarle que todo lo que sube tiene que bajar.

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